En ocasiones, el tiempo te trae noticias gratificantes,
como si la fuerza de los años las hubiera empujado desde el pasado para
afianzar tus convicciones. Esa es la sensación que tuve cuando Edu (permitidme
el pseudónimo) se encontró conmigo en la estación de ferrocarril.
Edu es un antiguo alumno, de esos
inolvidables porque siempre te sonríen cuando te ven por ahí. Seguramente, por
eso es uno de los pocos que recuerdo. Y es que mi memoria de canario desfigura
nombres y rostros, los cubre con un espeso manto de tiempo y solo permite las
reminiscencias de los viejos sentimientos.
Decía que Edu es uno de los pocos
que recuerdo porque siempre ha tenido una sonrisa preparada para cuando se
cruzara conmigo. Y recuerdo su silencio hermético en el aula, su manita levantada
para responder a cualquier pregunta (a todas, aunque casi nunca lo elegía para
protegerlo. A veces le explicaba que no era conveniente suscitar envidias en los demás, porque quien te envidia siempre acaba jodiéndote), su perseverancia,
su perfeccionismo... La naturaleza lo dotó con las herramientas necesarias para
el estudio. Pero eso no es suficiente.
El hombre no solo es estudio.
Cabe añadir los valores que hacen del hombre un ser bueno, pero esos valores no
siempre son amigos de la felicidad inmediata. No recuerdo quien lo dijo, pero
la cita me viene como anillo al dedo: “La pacificación favorece al opresor”. En
un mundo violento, quien practica la paz es quien recibe las hostias. Entonces,
es cuando ha de transformarse en agua, sin forma. “Be water, my friend” (Bruce
Lee, en una entrevista televisiva).
Edu se licuó y se transformó en
un observador del mundo más próximo. Estaba convencido de que las grandes
premisas, como las bienaventuranzas, aunque no era religioso, o los consejos
universales habían de regir a las personas. Sin embargo, la práctica en su
entorno no demostraba que todo lo que se intentaba inculcarle en el aula era
cierto. Sabía que para que los otros lo respetaran, tenía que ser él quien
respetara al prójimo en primer lugar, por ejemplo. Sabía que no había de hacer
a los demás lo que no le gustara que le hicieran a él. Sabía que el camino
para buscar la propia felicidad empezaba en procurar la felicidad a los de tu
alrededor. Sabía... En fin, nada especial, pero sí universal.
El problema era que aquellos
valores destacaban por su ausencia en el mundo que se le había impuesto y yo
siempre me preguntaba hasta cuándo creería en las utopías de las que le había
hablado.
Hace unos días, decía, me
encontré con él. Venía de la capital, de agotar el depósito de horas bajo el
flexo. Había terminado su primer año en la Universidad. Le pregunté qué tal le
había ido y, aunque las calificaciones eran brillantes, no me habló de ellas en
primera instancia, sino que me dijo que había vivido su mejor año de
estudiante. Me preguntó si recordaba todo lo que antaño le dije en clase,
aquello de los consejos universales, axiomas innegables, valores intemporales;
aquello de no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan, aquello de
favorecer la felicidad de los demás para encontrar la propia, aquello de
respetar para ser respetado, aquello de... Y me dijo: “Pues resulta que la
gente es así. Yo creía que esos tipos no existían, pero he conocido a un buen
puñado de ellos, siempre dispuestos a echarte una mano, incluso antes de que la
pidas”.
Y a mí me afloraron las lágrimas porque cuando lo tuve en clase (segunda
fila, tercer puesto), no le mentí.